Allí donde la torre vecina solo pervive como un esqueleto desnudo y de costados ciegos, esta estructura conserva, sorprendentemente, muros que se podían atravesar con la mirada. Dispuestos en una retícula regular, paneles de un material transparente formaban la mayor parte de su cara exterior, de suerte que el interior quedaba expuesto a la vista de cualquiera desde fuera, y el exterior a la de cualquiera desde dentro.
Que una vivienda se amurallara con una sustancia que no brindaba ni ocultamiento ni defensa figura entre los rasgos más desconcertantes del yacimiento, y ha suscitado más de una lectura.
Tras los paneles transparentes se conservan, en algunos puntos, restos de colgaduras de tela, indicio de que la exposición podía velarse a voluntad. Los ocupantes, pues, no eran simplemente indiferentes a ser vistos: podían mostrar u ocultar su vida doméstica a su antojo. Algunos han interpretado esto como signo de un pueblo cómodo bajo la observación, que poco reservaba a la vista pública; otros, reparando en las colgaduras, defienden en cambio una práctica de mostrar y ocultar, en la que el muro transparente se corría abierto o cerrado según lo exigiera la ocasión. Una tercera opinión sostiene tan solo que estas gentes apreciaban la luz, y una vista sobre el paisaje, por encima del cobijo que un muro suele estar destinado a ofrecer.
Cualquiera que fuese la intención, la apertura que definía el edificio ha resultado ser el medio de su ruina. Las plantas han arraigado en sus repisas y las aves anidan hoy en sus bastidores, pues la naturaleza ha penetrado a través de la misma transparencia que era el principio de la estructura. Un muro concebido para ser atravesado por la mirada fue, al cabo, un muro que dejó entrar el mundo. El yacimiento se presenta aquí junto a la torre como su compañero cercano y su contrario: la una alzándose hacia lo alto, el otro abriéndose de par en par; dos soluciones, tal vez, a una sola pregunta que ya no sabemos leer.