Maciza más que alta, esta estructura se eleva apenas unos pocos niveles sobre la llanura, y sin embargo su volumen y la severidad de su ruina la cuentan entre los yacimientos más sobrecogedores de la región. Una gran brecha ha sido abierta en su costado, y el derrumbe ha dejado su interior al descubierto en sección, de suerte que el edificio puede leerse casi como un diagrama de sí mismo.
Lo que esa sección revela es una curiosa monotonía: una pila de pisos casi idénticos, delgados y muy próximos entre sí, repetidos unos sobre otros sin variación y sin que ninguna estancia se distinga como mayor que las demás. Cualquiera que fuese el valor que la estructura encerraba, no residía en ninguna vivienda concreta, pues las viviendas eran intercambiables: cada una igual a la de abajo y a la de arriba. Algunos han propuesto que aquí la importancia se medía por el solo nivel, que ocupar una celda situada más alto que la del vecino era en sí una marca de rango; otros hallan en la mera igualdad de los pisos la prueba de lo contrario, un pueblo que se alojaba sin distinción de rango. Las evidencias no sostienen de manera decisiva ninguna de las dos lecturas. Por qué una sociedad apiló sus viviendas de este modo, en lugar de extenderlas por el amplio terreno circundante, sigue sin explicación.
La tierra a sus pies es hoy yerma, sembrada de los escombros del derrumbe, y el lugar solo lo frecuentan animales salvajes que se abren paso entre la piedra caída. Que tanto esfuerzo se invirtiera en levantar celdas idénticas unas sobre otras, sin más provecho que el que los restos no alcanzan a revelar, ha parecido a algunos estudiosos apenas creíble. El propósito de la disposición, como el pueblo que la ideó, no ha podido establecerse.