Emergiendo de las arenas de un vasto desierto, este yacimiento constituye una prueba de que la región, hoy yerma, hubo de sostener en otro tiempo la vida humana, quizá con considerable holgura. La severidad del clima ha reclamado desde entonces la mayor parte de la estructura y casi todo cuanto contenía; sin embargo, lo que perdura remite inequívocamente a un lugar de alto rango. La interpretación preferida ha sido la de un palacio real, y no sin fundamento.
La escala es palaciega y las proporciones generosas hasta el exceso. Los excavadores han identificado un gran número de estancias de planta casi idéntica, acondicionadas todas a un nivel semejante y dispuestas a lo largo de corredores de notable longitud. La uniformidad resulta curiosa: cabría esperar que una casa real distinguiera con nitidez entre las dependencias del soberano y las de su séquito, y sin embargo aquí la distinción, de haber existido, era sutil. Algunos lo han interpretado como indicio de una corte de carácter insólitamente igualitario. Otros sospechan que el edificio no albergaba una sola casa, sino muchas, en sucesión: lectura que las evidencias conservadas no permiten ni confirmar ni descartar.
Se han hallado por doquier vestigios de una elaborada provisión de agua, en cantidades que parecen extravagantes para un entorno tan árido. Que tanto se destinara a su exhibición, precisamente allí donde era más escasa, sea quizá la medida más fiel del rango que en otro tiempo se reivindicó en este lugar.