Elevándose a una altura que en más de una ocasión ha llevado a confundirlo con una de las cumbres circundantes, este edificio parece haber desempeñado un papel de considerable importancia. Su verticalidad —inexplicable, dada la modesta escala de los asentamientos que lo rodean— revela por sí sola una ambición que las evidencias halladas en su interior no han logrado esclarecer en absoluto.
Pues muy poco queda de cuanto allí sucedió. El interior está en gran medida vacío: una repetición de compartimentos casi idénticos, apilados unos sobre otros sin jerarquía discernible, despojados casi por completo de contenido. Se ha recuperado un puñado de objetos —unos pocos de material duradero, evidentemente apreciados—, mientras que el resto, fuera lo que fuese, parece haber sido consumido por el tiempo.
Cabe la posibilidad de que el contenido del edificio nunca estuviera destinado a perdurar. Algunos han propuesto que la labor allí desempeñada no dejaba, por su propia naturaleza, huella material alguna; que sus productos eran inmateriales, perecederos o simplemente irrelevantes una vez producidos. La sugerencia ha sido acogida con escepticismo.